Carta a la mujer que necesita saber qué hacer

Carta a la mujer que necesita saber qué hacer

Hemos aprendido a correr.

A estar en permanente movimiento.

A sentir que detenernos es perder tiempo. Perder cierta ventaja en relación con los otros corredores de la vida.

Miramos afuera.

Qué hace el otro.
Si llegó más rápido.
Si lo hizo mejor.

Y corremos.

Qué podemos perder, no lo sabemos muy bien.

Hacia dónde vamos, tampoco.

Pero corremos hacia donde parecen ir todos.

Yo también estuve ahí.

Durante mucho tiempo viví corriendo, sobrecargada de cosas por hacer, con una ansiedad que muchas veces me consumía.

Y durante años pensé que simplemente así era la vida.

Hasta que empecé a comprender que debajo de toda aquella carrera había algo mucho más profundo.

Creía que si dejaba de correr, dejaba de existir.

Estar apurada, tener tareas pendientes, llegar a un lugar pensando ya en el siguiente, parecía demostrar que tenía una vida.

Lo veía en todas partes.

En el trabajo.
En la escuela.
En el supermercado.

Nos encontrábamos con alguien y rápidamente la conversación terminaba girando alrededor de todo lo que todavía nos quedaba por hacer ese día.

Estar ocupada significaba estar haciendo algo útil.

Y hacer cosas útiles parecía significar tener valor.

Yo había encontrado ahí una manera de demostrar que también podía.

Era mamá de cuatro hijos y trabajaba.

Llegaba a casa y seguía trabajando.

En algunos lugares me miraban como una especie de Mujer Maravilla.

Y reconozco que una parte de mí se sentía orgullosa de esa imagen.

Pero nadie veía el costo emocional y físico de sostenerla.

Ni siquiera yo quería verlo.

Porque durante mucho tiempo aquella mujer capaz de hacerlo todo también fue mi manera de pertenecer.

Yo podía.
Yo cumplía.
Yo sostenía.

Y mientras más podía, más lejos quedaba de mí.

Había aprendido a medir tanto la vida en cantidad que también empecé a intentar llenarme acumulando.

Cosas.
Tareas.
Pendientes.
Metas.

Pero nada terminaba de llenar ese espacio.

Me había desconectado tanto de mi sentir que, cuando finalmente empecé a mirar hacia adentro, descubrí algo que me dio muchísimo miedo:

no sabía quién era yo.

No sabía qué quería.

Qué deseaba.

Qué sentía.

Qué me gustaba.

Me había ocupado tanto de responder a las necesidades, deseos y expectativas de afuera que, de alguna manera, me había desdibujado.

Y cuando pude verlo, me aferré todavía más al personaje que conocía.

Porque aunque aquel traje se hacía cada vez más pesado, sacármelo se parecía demasiado a caer al vacío.

¿Quién iba a ser yo sin todo aquello?

¿Con qué iba a encontrarme?

¿Y cómo iba a encajar esa mujer que todavía no conocía en la vida que ya había construido?

Sospechaba que quizá no encajaría.

Que podría incomodar.

Que podría ser rechazada.

Y tuve miedo.

Hasta que llegó un momento en que sostener el personaje comenzó a doler más que la posibilidad de descubrir quién había debajo.

Yo ya no podía más.

Y entonces tuve que parar.

No para encontrar inmediatamente una respuesta.

No para descubrir mi propósito.

Ni para decidir rápidamente hacia dónde ir después.

Parar.

Respirar.

Nada más.

Y descubrí que sostener esa pausa podía ser muchísimo más difícil para mí que seguir corriendo.

Porque apenas me detenía aparecía aquella voz:

Te estás quedando atrás.

Durante un tiempo, mi aprendizaje fue permanecer un poquito más.

Respirar.

Dejar que aparecieran las lágrimas.

Permitir que mi cuerpo empezara a aflojar toda aquella tensión que llevaba tanto tiempo sosteniendo.

No tenía respuestas.

De hecho, el panorama se volvió por momentos todavía más incierto.

Estaba llena de dudas.

Me costaba decidir.

Era un territorio nuevo y desconocido.

No veía nada con claridad.

Pero había algo que empezaba a reconocer.

Cada vez que lograba encontrarme conmigo, detrás de todo aquel miedo aparecía una sensación de paz muy difícil de explicar.

Lo único certero era cómo me sentía.

Y empecé a extrañar esa sensación cada vez que tenía que volver a “la realidad”.

Con el tiempo comencé a regalarme pequeños espacios de contemplación.

Y cuando dejé de acelerar, empecé a ver nuevamente lo que había a mi alrededor.

Siempre me gustaron mucho las plantas.

En casa siempre tuve mis rincones verdes.

Pero durante años podía pasar al lado de ellas todos los días sin sentarme realmente a contemplarlas.

Hasta que un día llegó a casa un rosal de rosas blancas.

De a poco empecé a prestarle atención.

A observarlo.

Una mañana de domingo descubrí sus tallos completamente desnudos.

Las hormigas habían comido todas sus hojas.

Me enojé.

Y recuerdo haber pensado que ahora tendría que esperar muchísimo hasta que volviera a brotar para poder verlo florecer.

Esa misma tarde participé de un encuentro de cámara cuántica.

Durante un ejercicio de conexión apareció ante mí la imagen de aquel rosal desnudo.

Y en aquella experiencia comprendí algo acerca de mi propio proceso.

A veces, para sanar, también necesitamos atravesar momentos en los que sentimos que nos estamos quedando sin aquello con lo que hasta entonces nos habíamos reconocido.

Yo también estaba quedándome sin hojas.

Despojándome.

Soltando capas.

Y quizá lo que más miedo me daba era no saber si después de aquello volvería a florecer.

Pero el rosal seguía siendo el rosal.

🌹

La naturaleza empezó entonces a recordarme algo que yo había olvidado.

Todo se mueve en ciclos.

Cada etapa tiene su tiempo.

Cada movimiento es diferente.

No es lento.

No es rápido.

Simplemente es.

Y cuando menos lo esperamos…

aparece la flor.

Recuerdo haber llorado cuando comprendí aquello.

Y lloro otra vez mientras lo escribo.

Porque ese rosal marcó para mí el comienzo de otra manera de habitar mi vida.

No dejé de hacer cosas.

No desaparecieron las responsabilidades.

No obtuve de repente todas las respuestas.

Pero poco a poco dejé de hacer solamente por hacer.

Empecé a escucharme.

A sentir mi cuerpo.

A reconocer mis deseos.

A dialogar con mi alma.

Y aquello que durante tanto tiempo había buscado desesperadamente afuera comenzó a revelarse de otra manera.

No como una lista de instrucciones.

No como una meta nueva hacia la que correr.

Sino como una presencia.

La mía.

Durante mucho tiempo creí que necesitaba saber qué hacer para poder avanzar.

Hoy comprendo que hubo momentos de mi vida en los que no necesitaba avanzar.

Necesitaba quedarme.

Quedarme conmigo incluso sin respuestas.

Respetar el ritmo de mis propios ciclos, aprendizajes y procesos.

Porque quizás no había un lugar al que necesitara llegar.

Había una vida que necesitaba volver a habitar.

La mía.

Y si hoy estás atravesando uno de esos momentos en los que no sabés hacia dónde ir, no quiero darte otra respuesta para sumar a todas las que quizás ya estás buscando.

Solo quiero dejarte una pregunta.

¿Qué escucharías si por un momento dejaras de exigirte saber qué hacer?

Con amor,

Romi 🌹

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