Ir hacia adentro
Share
Hay momentos en la vida donde todo sigue, pero vos ya no estás ahí. Cumplís, respondés, sostenés… pero algo adentro se siente vacío. No es tristeza exactamente, tampoco es enojo constante. Es una incomodidad silenciosa que no sabés cómo explicar. Y aunque desde afuera todo parece estar bien, adentro sabés que algo no encaja.
Durante mucho tiempo pensé que eso era normal. Que así era la vida. Que había que adaptarse, sostener, cumplir. Sostener el trabajo, los vínculos, la imagen… incluso cuando dolía. Hasta que un día algo en mí se cansó. No fue un momento épico ni una decisión clara. Fue más bien una sensación muy simple y muy profunda: no puedo seguir así.
Mirando hacia atrás, hoy puedo ver con claridad algo que en ese momento no entendía: yo me había desconectado de mí. No sabía lo que quería, ni lo que sentía, ni cómo elegirme. Había aprendido a adaptarme, a complacer, a sostener, a callar. Y aunque muchas cosas en mi vida funcionaban, yo no me sentía viva.
Volver a mí no fue inmediato. Fue incómodo. Empecé a cuestionar, a mirar mi historia, a sentir cosas que había evitado durante años. Empecé a reconocer patrones, vínculos, decisiones que no eran realmente mías. Y eso mueve todo. Porque cuando empezás a ver, ya no podés hacer de cuenta que no pasa nada.
Nadie te explica que volver a vos puede incomodar a otros, generar distancia o hacer que tu vida cambie. Porque cuando dejás de adaptarte, lo que estaba sostenido por esa versión tuya también cambia. Y eso da miedo. Pero también es profundamente liberador.
Este proceso no aparece en un solo lugar. Se muestra en todo. En tu trabajo, cuando ya no podés seguir haciendo lo mismo sin sentido. En tus vínculos, cuando empezás a notar lo que antes tolerabas o justificabas, pero ya no podés más. En la maternidad, cuando sentís que amás… pero también te perdés. Volver a vos no es cambiar una parte de tu vida. Es cambiar la forma en la que te habitás.
Con el tiempo entendí algo que lo transformó todo: no tenía que convertirme en alguien distinta. Tenía que dejar de sostener lo que no era. Dejar de callarme, de ceder, de vivir en automático. Y empezar, de a poco, a elegirme. No perfecto, no siempre… pero real.
Hoy sigo en ese camino. Con más conciencia, más verdad y más presencia. No porque todo esté resuelto, sino porque ya no me abandono.
Si algo de esto resonó en vos, no es casualidad. Tal vez no necesitás hacer más. Tal vez necesitás empezar a escucharte. A volver, de a poco, a vos.
Con amor,
Romi.