La maternidad también fue volver a ocupar mi lugar
Share
Ser mamá fue una de las experiencias más profundas…
y más transformadoras que atravesé.
No solo por lo que implica cuidar, sostener y amar a un hijo.
Sino por todo lo que empezó a moverse dentro mío cuando la maternidad llegó a mi vida.
Porque la maternidad no comienza el día en que nace un hijo.
Empieza mucho antes.
En la historia que traemos.
En cómo fuimos cuidadas.
En lo que aprendimos sobre el amor.
En lo que vimos…
y también en todo aquello que nunca nos permitimos cuestionar.
Durante mucho tiempo creí que ser una buena madre significaba hacerlo bien.
Cumplir.
Estar disponible.
Responder.
Sostener todo.
Había una idea muy marcada de cómo debía verse una “buena mamá”.
Y sin darme cuenta,
empecé a intentar convertirme en eso.
Pero mientras más intentaba llegar a esa imagen,
más lejos quedaba de mí misma.
Me fui apagando de a poco.
Mis decisiones dejaron de sentirse completamente mías.
Mi voz empezó a hacerse más pequeña.
Y algo dentro mío comenzó a incomodarse en silencio.
No era algo evidente.
A veces se disfrazaba de ayuda.
De experiencia.
De frases como:
“esto es lo mejor para los chicos.”
Y aunque por momentos intentaba convencerme de que estaba exagerando,
mi cuerpo sentía otra cosa.
Sentía que estaba perdiendo lugar dentro de mi propia maternidad.
Pero poner límites implicaba incomodar.
Implicaba cuestionar estructuras familiares muy profundas.
Implicaba enfrentar vínculos importantes.
Y durante mucho tiempo,
yo no estaba preparada para hacerlo.
Hasta que algo empezó a romperse adentro mío.
No fue de golpe.
Fue el cansancio acumulado.
La sobreexigencia.
La sensación constante de no poder sostenerlo todo.
Y sobre todo…
empezar a observar cómo ciertas dinámicas también impactaban emocionalmente en mis hijos.
Y ahí entendí algo importante:
ser mamá no es solamente cuidar.
También es proteger.
Y proteger muchas veces implica poner límites claros.
Aunque duela.
Aunque incomode.
Aunque por momentos nos deje solas.
Recuerdo lo difícil que fue empezar a ocupar mi lugar.
Me temblaba el cuerpo.
Sentía culpa.
Dudaba constantemente de mí.
Pero había algo más fuerte que todo eso:
la certeza de que mis hijos no necesitaban una madre perfecta.
Necesitaban una madre presente de verdad.
No desde el sacrificio.
No desde la anulación.
No desde el miedo a decepcionar.
Sino desde la conciencia.
Y eso transformó por completo mi manera de habitar la maternidad.
Dejó de ser un rol que tenía que cumplir…
y empezó a convertirse en un vínculo más real.
Más honesto.
Más humano.
También comprendí algo que cambió profundamente mi forma de maternar:
mis hijos no necesitan perfección.
Necesitan verdad.
Necesitan una madre capaz de revisarse,
de reconocer sus emociones,
de crecer,
de pedir perdón cuando sea necesario
y de hacerse responsable de sí misma.
Hoy ya no materno desde la exigencia.
Materno desde la presencia.
Desde el aprendizaje constante.
Desde el permiso de no tener todas las respuestas.
Y quizás ahí también exista una forma más amorosa de criar.
Porque cuando una mujer vuelve a ocupar su lugar,
algo en toda la familia empieza a ordenarse distinto.
Y si mientras leías este relato sentiste que en algún momento también empezaste a perderte dentro de la maternidad…
no significa un fracaso...
Es una invitación a volver a vos 🌹
En La Madre Rosa existen espacios de acompañamiento consciente para mujeres y madres que desean habitar sus vínculos, emociones y procesos con más presencia, verdad y sensibilidad.
Bienvenido tu amor al mundo.
Romi.