La maternidad también fue volver a ocupar mi lugar
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CARTAS DE LA MATERNIDAD
La maternidad también fue volver a ocupar mi lugar
29 de mayo de 2026
Querida lectora:
Ser mamá fue una de las experiencias más profundas…
y más transformadoras que atravesé.
No solo por lo que implica cuidar, sostener y amar a un hijo.
Sino por todo lo que empezó a moverse dentro mío cuando la maternidad llegó a mi vida.
Porque con el tiempo comprendí que mi manera de maternar no había comenzado conmigo.
También estaba atravesada por mi propia historia.
Por cómo fui cuidada.
Por lo que aprendí sobre el amor.
Por aquello que vi.
Por aquello que heredé.
Y también por todo lo que durante mucho tiempo nunca me había permitido cuestionar.
Durante muchos años creí que ser una buena madre significaba hacerlo bien.
Cumplir.
Estar disponible.
Responder.
Sostener todo.
Había construido dentro mío una imagen bastante precisa de cómo debía verse una “buena mamá”.
Y, sin darme cuenta, empecé a intentar convertirme en ella.
Pero mientras más intentaba alcanzar esa imagen…
más lejos quedaba de mí misma.
Me fui apagando de a poco.
Mis decisiones dejaron de sentirse completamente mías.
Mi voz empezó a hacerse más pequeña.
Y algo dentro mío comenzó a incomodarse en silencio.
No siempre era evidente.
A veces llegaba disfrazado de ayuda.
De experiencia.
De frases como:
“Esto es lo mejor para los chicos.”
Y aunque por momentos intentaba convencerme de que estaba exagerando, mi cuerpo sentía otra cosa.
Sentía que estaba perdiendo lugar dentro de mi propia maternidad.
Pero volver a ocuparlo implicaba incomodar.
Implicaba poner límites.
Cuestionar estructuras familiares muy profundas.
Atravesar conversaciones difíciles.
Y durante mucho tiempo yo no estaba preparada para hacerlo.
Hasta que algo empezó a quebrarse dentro mío.
No ocurrió de golpe.
Fue el cansancio acumulado.
La sobreexigencia.
La sensación constante de no poder sostenerlo todo.
Y, sobre todo, comenzar a observar cómo algunas de aquellas dinámicas también alcanzaban a mis hijos.
Ahí comprendí algo que cambió mi manera de mirar la maternidad:
para mí, cuidar también significaba aprender a poner límites.
Aunque doliera.
Aunque incomodara.
Aunque algunas veces me hiciera sentir sola.
Recuerdo lo difícil que fue empezar a ocupar mi lugar.
Me temblaba el cuerpo.
Sentía culpa.
Dudaba constantemente de mí.
Pero en medio de todo eso comenzó a aparecer una certeza:
mis hijos no necesitaban una madre perfecta.
Necesitaban una madre presente de verdad.
No una mujer anulada detrás de un ideal imposible.
No una madre sosteniendo cada cosa a costa de sí misma.
Necesitaban que yo también estuviera allí.
Entera.
Humana.
Disponible para ellos, sí…
pero también capaz de escucharme.
Y eso transformó profundamente mi manera de habitar la maternidad.
Dejó de sentirse solamente como un rol que tenía que cumplir…
y empezó a convertirse en un vínculo más real.
Más honesto.
Más humano.
También comprendí que podía equivocarme.
Revisarme.
Reconocer mis emociones.
Cambiar.
Pedir perdón cuando fuera necesario.
Aprender junto a ellos.
No tener todas las respuestas.
Quizás una de las cosas más hermosas —y también más desafiantes— que la maternidad me enseñó fue justamente esa:
mis hijos estaban creciendo, pero yo también.
Hoy intento maternar desde un lugar diferente.
Con menos exigencia.
Con más presencia.
Con el permiso de seguir aprendiendo.
Y con una certeza que tardé muchos años en comprender:
volver a mí no significaba alejarme de mis hijos.
En mi historia, significó poder encontrarme con ellos desde un lugar mucho más verdadero.
Por eso, si alguna vez sentiste que debajo de todas las tareas, responsabilidades, expectativas y voces alrededor de la maternidad empezaste a escucharte cada vez menos…
quizás no necesites convertirte en una madre diferente.
Tal vez haya una mujer dentro tuyo que simplemente está pidiendo volver a tener lugar.
Con amor,
Romi 🌹
Desde algún rincón del Bosque.
¿Cuánto lugar queda para vos dentro de la manera en que hoy habitás tu maternidad?