Rendirse no siempre es darse por vencida

Rendirse no siempre es darse por vencida

Hace exactamente un año sentí una certeza.

No sabría explicar de qué otra manera nombrarla.

Simplemente sabía que mi ciclo en el Banco había llegado a su fin.

Había trabajado allí durante veintiún años. Y aunque tomar la decisión me daba cierto vértigo, cuando finalmente reconocí lo que sentía hubo paz.

No tenía todas las respuestas.

Pero sabía.

Y desde ese saber hice girar la primera rueda.

Después todo sucedió muy rápido. Mi salida tenía que pasar por distintas instancias de aprobación y, sin embargo, no aparecieron grandes obstáculos.

La puerta se abrió.

Yo venía de varios años de trabajo interior. Había atravesado procesos profundos, comprendido muchas cosas sobre mí, explorado mi espiritualidad, vivido experiencias de conexión, estudiado distintas herramientas y comenzado a imaginar aquello a lo que quería dedicarme después.

Así que pensé:

Bueno. Llegó el momento de disfrutar.

Y disfruté.

Recibí una indemnización por mis años de trabajo y por un tiempo pude hacer muchas cosas que deseaba.

Les compré a mis hijos esas zapatillas que les gustaban. Me compré un auto que amo y al que llamo “mi morocho”. Nos fuimos de vacaciones en familia. Salimos. Hicimos reformas en casa. Invertí en nuevas formaciones y espacios que quería transitar.

También tenía un proyecto.

Algo que imaginaba como mi nuevo trabajo.

Había cerrado una etapa de mi vida y creía que estaba comenzando la siguiente.

Hasta que el dinero se terminó.

Y la realidad se presentó de una manera bastante menos poética que todas las comprensiones espirituales que yo había acumulado hasta entonces.

No pidió permiso.

Simplemente llegó.

Y con ella apareció una pregunta:

¿Y ahora qué hago?


Desde mi comprensión podía explicarme perfectamente lo que estaba sucediendo.

Sabía que la vida se mueve en ciclos.

Sabía que el final de una etapa es también el comienzo de otra.

Sabía que los procesos necesitan tiempo.

Sabía que había aprendizajes escondidos detrás de aquello que estaba viviendo.

Sabía muchas cosas.

Pero las sabía desde la mente.

Todavía no habían pasado por mi cuerpo.

Y descubrí algo incómodo:

entender no siempre alcanza.

Hay cosas que podemos comprender durante años y que, aun así, necesitan un día hacerse carne.

Entonces apareció la angustia de la incertidumbre.

El peso de la confusión.

El cansancio de dudar.

El miedo.

Las lágrimas.

La desesperación por momentos.

Y también algo que me pesaba muchísimo: sentir que tenía que explicar por qué aquello que había elegido no estaba dando los resultados que yo esperaba.

Había compartido tantos aprendizajes con entusiasmo.

Los había sentido tan profundamente que quizás, sin darme cuenta, a veces los había hecho parecer mágicos. Simples.

Y todavía creo en muchas de aquellas comprensiones.

Pero ahora sé algo que antes sólo entendía:

no alcanza con saberlas.

Hay que vivirlas.


Durante un tiempo hice algo que desde afuera quizás podía parecer extraño.

Me escondí.

Sentí un llamado de retirada.

Necesitaba alejarme del ruido y volver a mirar todo lo que creía saber.

Pero antes de encontrar nuevas respuestas tuve que permitir que sucediera algo mucho menos elegante:

sentir.

Dejar que la angustia fuera angustia.

Que la confusión pesara.

Que las dudas existieran.

Llorar lo que necesitara llorar.

Decir:

No sé.

Y no correr inmediatamente a llenar ese espacio con una respuesta.

Eso fue —y sigue siendo— difícil.

Porque cuando una no sabe, aparecen muchas voces dispuestas a explicar qué debería hacer.

Y yo tengo una relación bastante particular con el “deberías”.

Desde que tengo memoria me cuesta que me digan qué tengo que hacer.

Durante muchos años me enojaba en silencio.

Hoy puedo reconocer algo que aquella niña quizá ya sabía:

yo necesitaba tiempo para encontrar mi propia respuesta.

No porque no pudiera recibir ayuda.

No porque tuviera que poder con todo sola.

Sino porque había experiencias que nadie podía atravesar por mí.

Podían acompañarme.

Podían darme la mano.

Podían compartir conmigo otra mirada.

Pero había una parte del camino que necesitaba pasar por mi propio cuerpo.


Habitar la incomodidad no es agradable.

A veces es caos.

Contradicción.

Miedo.

Sensación de estar perdiendo la dirección.

Dudas sobre decisiones que alguna vez sentimos clarísimas.

Hubo incluso un momento en el que me pregunté:

¿Hice bien en irme?

Y apareció la fantasía de volver.

Hablar con Recursos Humanos.

Preguntar si existía alguna remota posibilidad de regresar al Banco.

Porque cuando lo nuevo todavía no tiene forma, lo conocido puede volverse tremendamente seductor.

Aunque sepamos exactamente adónde conduce.

Y fue ahí donde empecé a comprender una diferencia que hoy significa mucho para mí.

Darme por vencida y rendirme no eran la misma cosa.

Para mí, en ese momento, darme por vencida habría sido regresar únicamente porque tenía miedo.

No porque hubiera descubierto que quería volver.

No porque mi corazón hubiera cambiado de dirección.

Sino porque no estaba pudiendo soportar la incertidumbre de no saber todavía cómo seguir.

Rendirme fue otra cosa.

Rendirme fue dejar de pelearme con la experiencia.

Dejar de exigirle que terminara rápido.

Dejar de intentar convertirla inmediatamente en una enseñanza bonita.

Fue entregarme a sentirla.

Con los sentidos despiertos.

Con paciencia.

Con observación.

Con silencio.

Con fe.

Porque empecé a sospechar que detrás de toda aquella incomodidad había información que todavía no podía leer.

Como una carta encriptada.


Durante un tiempo pensé que el problema era mi dirección.

Quizás me había equivocado.

Quizás había interpretado mal aquella certeza.

Quizás no tenía la capacidad que creía tener.

Quizás mi proyecto no era posible.

Pero poco a poco empezó a aparecer otra pregunta:

¿Y si el problema no era hacia dónde quería ir, sino que estaba intentando llegar utilizando las mismas estructuras que ya no quería habitar?

Eso cambió algo.

Porque yo quería crear una forma de vida más consciente.

Más conectada con mi corazón.

Quería trabajar de otra manera.

Relacionarme con mi tiempo de otra manera.

Crear de otra manera.

Habitar mis días de otra manera.

Pero había aprendido durante años una estructura basada en correr, producir, cumplir, demostrar, alcanzar resultados.

Podía dejar el Banco.

Pero eso no significaba necesariamente que el Banco hubiera salido de mí.

Podía cambiar una oficina por un proyecto propio.

Un comité por un algoritmo.

Objetivos laborales por cantidad de publicaciones.

Resultados corporativos por seguidores o ventas.

Y seguir viviendo exactamente de la misma manera.

Sólo habría cambiado el escenario de la carrera.

Y entonces comprendí por qué aquello que intentaba construir no terminaba de encajar.

No podía crear una vida nueva utilizando intacta la estructura de la anterior.

Algo tenía que desarmarse.

Y quizás eso era precisamente lo que estaba sucediendo.


La naturaleza me ha enseñado muchas veces que nada permanece inmóvil.

Todo tiene ciclos.

Hay momentos de expansión y momentos de repliegue.

Hay hojas que caen.

Hay ramas desnudas.

Hay tormentas.

Hay semillas que permanecen bajo tierra durante un tiempo en el que, desde afuera, parece que no está sucediendo absolutamente nada.

Y sin embargo…

algo está sucediendo.

Quizás una de las cosas más difíciles sea aceptar ese tiempo.

El tiempo en el que lo anterior ya terminó pero lo nuevo todavía no nació.

Porque ahí no hay demasiadas certezas a las que aferrarse.

Hay que permanecer.

Y el ego puede ponerse bastante creativo intentando salvarnos. 😂

Hacé algo.

Decidí.

Movete.

Volvé a lo conocido.

Esto no está funcionando.

Te estás quedando atrás.

Pero ya conozco esa carrera.

Y esta vez quiero intentar algo diferente.

Quedarme.

Respirar.

Observar.

Escuchar.

No porque sepa exactamente qué va a aparecer.

Sino porque empiezo a confiar en que la claridad necesita espacio para llegar.


Hoy estoy todavía ahí.

No escribo esta carta desde el otro lado.

No puedo contarte qué nació de todo esto porque, sinceramente, todavía no lo sé.

Y quizás esa sea precisamente la parte más verdadera de esta historia.

Hace poco comencé una práctica de cuarenta días de silencio y escucha.

No sé qué voy a encontrar.

No quiero convertirla todavía en otra meta que cumplir ni en una nueva respuesta.

Quiero practicar algo que me cuesta mucho más:

permanecer.

Estar en quietud el tiempo suficiente para escuchar.

Dejar que algunas cosas se vacíen.

Permitir que otras encuentren su forma.

Confiar un poco más en aquello que puedo sentir aunque todavía no pueda explicar.

Quizás habitar la incomodidad sea también eso.

No salir corriendo a buscar una nueva identidad cuando la anterior comienza a caerse.

No apresurarnos a ponerle nombre a aquello que todavía está gestándose.

No exigirle a una semilla que nos muestre la flor para poder creer que está viva.

Quizás haya momentos en los que no estamos perdidas.

Estamos entre una vida que terminó y otra que todavía no nació.

Y tal vez el nacimiento no comience cuando finalmente sabemos qué hacer.

Tal vez comience mucho antes.

En ese instante incómodo, silencioso y profundamente humano en el que dejamos de escapar…

y aceptamos quedarnos allí el tiempo suficiente para escuchar qué está queriendo nacer.

🌹

Romi

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