"Madre e hijo en un abrazo cálido" estaría bien.

Sostener la luz también implica atravesar el barro

Carta del Bosque n°1 

Sostener la luz también implica atravesar el barro

 

Querido lector...

Anoche mi hijo más pequeño me abrazó y me dijo:

"Mamá... todo va a estar mejor."

Y sonreí.

No desde la negación.

No desde el esfuerzo por pensar positivo.

Tampoco desde esa espiritualidad que parece exigirnos estar bien todo el tiempo.

Sonreí porque, por un instante, sentí que el bosque volvía a hablarme.

Porque aunque hoy nuestra realidad económica sea incierta...

aunque las cuentas estén vacías...

aunque existan ventas que todavía no llegan y pagos esperando del otro lado del calendario...

algo dentro de mí ya no está en guerra con todo eso.

Y creo que ahí comienzan las transformaciones más profundas.

Durante mucho tiempo pensé que sostener la fe significaba no mirar el dolor.

No llorar.

No angustiarme.

No nombrar lo que faltaba.

Como si reconocer la realidad fuera una forma de crearla.

Con los años comprendí algo muy distinto.

Puedo confiar...

y al mismo tiempo sentir miedo.

Puedo tener esperanza...

y permitir que las lágrimas aparezcan.

Puedo mirar el vacío...

sin entregarle mi corazón.

Porque la verdadera espiritualidad nunca debería alejarnos de nuestra humanidad.

Quizás ese haya sido uno de los aprendizajes más importantes de mi vida.

Durante mucho tiempo sostuve estructuras enteras sobre mis hombros.

Trabajé veintiún años en un banco.

Un lugar que, para muchas personas, representaba estabilidad, éxito y seguridad.

Pero pocas veces alguien se pregunta cuál es el costo emocional de sostener una vida que dejó de parecerse a una misma.

Viví intentando merecer.

Merecer descanso.

Merecer reconocimiento.

Merecer crecer.

Merecer ocupar espacio.

Respondía siempre.

Me sobreexigía.

Intentaba alcanzar estándares que nunca terminaban de llegar.

Y, mientras tanto...

sin darme cuenta...

también llevaba gran parte del peso emocional y económico de mi hogar.

Hasta que un día el cuerpo habló por mí.

No exploté por una cuenta.

Ni por un seguro.

Ni por dinero.

Exploté porque había una mujer profundamente cansada de sostenerlo todo sola.

Recuerdo que, después de aquella discusión, me dolía muchísimo la garganta.

Y entendí.

Después de tantos años...

mi voz finalmente había encontrado un camino para salir.

Y fue entonces cuando llegó ese abrazo.

Sin discursos.

Sin consejos.

Sin soluciones.

Solo amor.

A veces creemos que la ayuda llegará en forma de respuestas.

Y, sin embargo...

la vida suele hablarnos de otra manera.

A través de una mano.

De un silencio compartido.

De un abrazo.

Los niños tienen esa capacidad maravillosa de escuchar aquello que los adultos olvidamos.

No escuchan solamente nuestras palabras.

Escuchan nuestra verdad.

Y en ese abrazo comprendí algo que todavía sigue floreciendo dentro de mí.

El legado que deseo dejarles no es el de una madre perfecta.

Es el de una mujer que aprendió a amarse con verdad.

Una mujer que pudo atravesar el barro sin apagar su luz.

Porque quizás sanar no sea convertirse en alguien inquebrantable.

Quizás sanar sea permanecer en el amor incluso cuando todavía no sabemos cómo terminará la historia.

Y hoy...

más que nunca...

ese es el camino que deseo seguir caminando.

La verdad.

El amor.

Y el regreso constante hacia mí misma.

Con amor,

Romi

Guardiana del Bosque.

🌹


Para caminar con vos...

¿Qué parte de tu vida está atravesando el barro... y necesita recordar que la luz nunca dejó de habitarla?

Regresar al blog