Sostener la luz también implica atravesar el barro
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Anoche mi hijo más pequeño me abrazó y me dijo:
“Mamá, todo va estar mejor.”
Sonreí suave.
No desde la negación.
No desde el esfuerzo por pensar positivo.
No desde esa espiritualidad rígida que parece exigirnos estar bien todo el tiempo.
Sonreí porque sentí verdad.
Porque aunque hoy nuestra realidad económica sea incierta,
aunque las cuentas estén vacías,
aunque haya ventas que todavía no se concretan
y pagos esperando del otro lado del calendario…
algo dentro de mí ya no está en guerra con eso.
Y creo que ahí comienza una transformación profunda.
Durante mucho tiempo pensé que sostener la fe significaba no mirar el dolor.
No llorar.
No angustiarse.
No nombrar lo que faltaba.
Como si reconocer la realidad fuera una forma de decretarla.
Pero con el tiempo comprendí algo distinto:
puedo confiar y al mismo tiempo sentir miedo.
Puedo tener esperanza y dejar que las lágrimas salgan.
Puedo mirar el vacío sin entregarle mi alma.
Porque la verdadera espiritualidad no debería alejarnos de nuestra humanidad.
Y quizás ahí estuvo uno de mis mayores aprendizajes.
Tanto tiempo sostuve estructuras enteras sobre mis hombros.
Trabajé en un banco durante veintiún años.
Un trabajo que para muchas personas representaba estabilidad, prestigio, éxito.
Pero pocas veces alguien se pregunta cuál es el costo emocional de sostener una vida desconectada de una misma.
Viví mucho tiempo intentando merecer.
Merecer descanso.
Merecer reconocimiento.
Merecer crecimiento.
Merecer ocupar espacio.
Hacía horas extras.
Me sobreexigía.
Respondía siempre.
Intentaba llegar a estándares que cambiaban constantemente.
Y mientras tanto,
sin darme cuenta,
también cargaba silenciosamente con gran parte de la responsabilidad emocional y económica del hogar.
Hasta que un día el cuerpo ya no pudo sostenerlo de la misma manera.
Y exploté.
No por un seguro.
No por una cuenta.
No por dinero.
Exploté porque había una mujer dentro de mí cansada de sostenerlo todo sola.
Recuerdo que después de esa discusión me dolía muchísimo la garganta.
Y entendí.
Después de tantos años,
mi voz finalmente había salido.
Y en medio de todo eso,
mi hijo me abrazó.
Sin discursos.
Sin soluciones.
Sin explicaciones.
Solo amor.
Porque a veces la ayuda no llega en forma de consejos.
Ni de recordatorios.
Ni de frases perfectas.
A veces llega en forma de presencia.
De un abrazo sincero.
Y creo profundamente que subestimamos el poder que tiene eso.
Los niños perciben mucho más de lo que creemos.
No escuchan solamente palabras.
Escuchan frecuencias.
Y en ese abrazo entendí algo importante:
el legado que quiero dejarles no es el de una madre perfecta.
Es el de una mujer que aprendió a amarse con verdad.
Una mujer que pudo atravesar el barro sin apagar su luz.
Porque quizás sanar no sea convertirse en alguien inquebrantable.
Quizás sanar sea poder permanecer en amor incluso en medio de la incertidumbre.
Y hoy,
más que nunca,
siento que ese es el camino que deseo habitar.
La verdad siempre.
El amor en todo.
Y el regreso constante hacia mí misma 🌹
Con amor,
Romi.